Acabo de regresar hace unos minutos del Teatre Joventut, que no está muy lejos de mi casa: un antiguo cine de barrio reconvertido en moderno teatro, y cuyo bar era famoso porque el dueño atendía la barra vestido de mecánico. Aún me duelen las manos de aplaudir a rabiar al gran maestro de la magia Juan Tamariz, que ha tenido a bien entretenernos con su en apariencia casual, pero muy estudiada, alta magia. Para un aficionado, aunque sea de cortos vuelos como yo, a la cartomagia, ver a este hombre actuar es como ir de peregrinación. Incluso el público menos convencido (la sala estaba a rebosar) ha pasado un rato muy ameno gracias a las bromas con las que Tamariz trufa sus impecables juegos. Feo, enjuto, con su famosa melena ya blanca, sus gafas de topillo y su inseparable chistera (violeta en esta ocasión), Juan Tamariz nos ha demostrado por qué la magia en serio no ha de ser seria en absoluto. Incluso los que estamos en posesión de algunos secretos técnicos que nos está prohibido revelar nos preguntamos ¿cómo lo hace?, al verle reinventar efectos clásicos como la Reunión de Ases. Desde mi punto de vista, una tarde de domingo muy bien aprovechada, y el deseo de continuar, aunque sea por afición, por la senda del ilusionismo. Al igual que Tamariz (y en lo único que me parezco a él) es que ambos usamos barajas Bicycle, que son casi perfectas. En el bolsillo del chaleco llevaba a propósito una Tiger negra de esta marca... porque nunca se sabe.
Gracias, maestro, desde la mas humilde de las admiraciones, por compartir tu arte con nosotros.
