Breve Historia de la Pornografía
A causa del jaleo de todos estos días, hoy me he levantado especialmente transgresor, y me ha apetecido traducir una entrada del "Diccionario de los Tabúes", de Lynn Holden, dedicada al siempre espinoso tema de la pornografía. Es muy posible que en el futuro no podamos hacer cosas como ésta, no solo por el tema, sino por la celosa guarda de los derechos de autor que harán determinadas organizaciones privadas. La entrada, aunque un poco larga, se la dedico a mi buen amigo Juli Simón, director del FICEB, al que estoy seguro que gustará mucho. ¡Va por usted, maestro!
La palabra “pornografía” deriva del griego porni (prostituta) y graphein (escribir), y se usaba originalmente para describir los libros o las pinturas relacionados con la vida de las prostitutas. En la actualidad se aplica a todo material sexualmente explícito, ya sea en forma de libros, pinturas, fotografías, esculturas, filmes o vídeos, que intenten excitar sexualmente al observador. Sin embargo, lo que hoy en día constituye pornografía es siempre objeto de debate: las distinciones entre lo erótico, lo artístico y lo pornográfico no siempre están claras. Tampoco es posible en todas las ocasiones determinar la motivación que subyace en una imagen o texto explícitamente sexual.
Las representaciones sin ambigüedades del acto sexual eran ya comunes entre los griegos de los períodos arcaico y clásico. El culto a Dionisos (el dios del vino) inspiró gran cantidad de imaginería erótica. La copas y vasijas del siglo V aC muestran sátiros con falos erectos: era normal que canciones subidas de tono acompañasen los frenéticos festivales dionisíacos. Las copas clásicas, los medallones y las vasijas sin relación con el culto solían mostrar combinaciones hetero y homosexuales, y también actos de felación y bestialismo. Los sátiros y los hermafroditas eran participantes habituales de estas representaciones. El arte griego influyó a los etruscos, que acostumbraban a pintar escenas eróticas en las tumbas. Un ejemplo típico son los murales de la Tumba del Toro, en Tarquinia, que muestra a un toro con rostro humano cargando sobre una pareja que copula. Los romanos también mostraban un vivo interés por todo lo lascivo. El poeta romano Publius Ovidius Naso (mas conocido como Ovidio, 19 dC) escribió un poema llamado Ars Amatoria (El Arte de Amar), un tratado sobre la seducción y el desengaño. Una aproximación mas seria a lo erótico es la que puede apreciarse en los frescos hallados en la Villa de los Misterios de Pompeya, del siglo I dC.
Estas pinturas ilustran episodios de los ritos dionisíacos, como una chica destapando un falo simbólico, o figuras semidesnudas que se flagelan (aunque el significado de estos actos no está nada claro).
En la India, de igual manera, el arte comenzó muy pronto a representar imágenes comprometidas. El torso esculpido de un “yakshi” (espíritu de la naturaleza relacionado con la fecundidad) del siglo I aC tiene curvas sensuales y es mucho mas voluptuoso que sus equivalentes griegos. Hacia el siglo X dC, los templos contaban con amplios repertorios de elementos eróticos. La fachada del templo Kandarya-Mahadeva en Khajuraho (siglos X-XI dC) es un amasijo de deidades entralazadas y hembras seductoras, al igual que el templo de Konarak, del siglo XIII. De la India proviene asimismo el antiguo manual del amor conocido como Kama Sutra, un texto que considera los aspectos espirituales de la sexualidad y explora las muchas posiciones sexuales y técnicas que mejoran el amor físico. Las pinturas en miniatura producidas en la corte hindú desde finales del siglo XVI hasta mediados del XIX ilustran el Kama Sutra, y también las ragas, la música hindú: muchas de sus canciones celebraban las aventuras eróticas de su dios, Krishna.
Estas representaciones sin tapujos de la sexualidad fueron anatemizadas por el cristianismo, una religión que desconfía de los placeres sensuales y celebra por encima de todo la pureza del alma. Cuando los canteros medievales esculpían figuras obscenas en las cornisas de las catedrales europeas, creaban alegorías de los peligros del pecado: voluptuosas mujeres desnudas que ardían en el infierno, torturadas por demonios. En la puerta de la catedral de Bourges, en Francia, aparecen cabezas humanas en los vientres y genitales de los demonios, simbolizando el triunfo de los deseos básicos. Incluso los libros de oraciones del siglo XIII, encargados por personajes con dinero, incluían a veces imágenes muy explícitas en los márgenes. En un Libro de las Horas italiano, del siglo XV, un penitente besa el trasero de un monje, y la Biblia Moralizante, preparada por Carlos V de Francia, incluye la imagen de una pareja desnuda haciendo el amor, animados por el demonio. Esta escena tiene una justificación didáctica: la borrachera lleva a la lujuria. Pero el efecto en el observador es mucho mas ambiguo... A partir del siglo XIV, los carnavales sirvieron como válvula de escape a la represión sexual, e inspiraron muchas canciones obscenas y satíricas, a menudo contra el represivo clero. A mediados del siglo XIV, el autor italiano Giovanni Bocaccio escribió el Decamerón, una colección de cien historias, muchas de corte licencioso, narradas en teoría por los supervivientes de la plaga que asoló Florencia en 1348. La invención y proliferación de las imprentas entre los siglos XV y XVI permitieron que obras antes restringidas a un público muy selecto pudieran ser ahora disfrutadas por las masas. Esto supuso un problema para la Iglesia, que estaba preocupada por el efecto que las imágenes vergonzantes podrían tener en la gente sin educación. Por ejemplo, en 1524, un duque encargó al artista Giulio Romano, pupilo de Rafael, que pintara una serie de frescos para el Palazzo del Té, en Mantua. Las imágenes eran muy explícitas, pero como que eran de temática mitológica y solo para el disfrute de los ricos, la Iglesia no puso objeciones. Pero cuando los diseños de Romano fueron entregados a Marcantonio Raimondi, y este imprimió dieciséis posturas sexuales basadas en los dibujos del artista (inspirados, a su vez, en imágenes de tumbas romanas) y las puso a la venta, fue encarcelado en Roma. En 1527, el escritor Pietro Aretino, se encargó de escribir una serie de sonetos eróticos que acompañasen a los grabados. La obra de Aretino contenía mucha sátira política, por lo que se vió obligado a huir de Roma cuando fue elegido el papa Adriano VI. (N. del T.: la leyenda afirma que Pietro Aretino murió de un ataque de apoplejía, mientras se reía de un chiste obsceno).
La censura directa de la literatura vino en 1559, cuando el papa Pablo IV publicó un índice de libros prohibidos. En el siglo XVIII hubo una verdadera explosión de material pornográfico. Muchos filósofos de la Ilustración escribieron tratados en los que usaban materias eróticas para interesar al proletariado en sus ideas. En demanda de libertad, protestaron ante las estructuras impuestas por la Iglesia y el Estado. En 1761, el filósofo francés de cuna alemana Paul Heinrich Dietrich Holbach escribió El Cristianismo Desvelado, un trabajo anti-religioso muy vehemente, y otros filósofos no se quedaron atrás ridiculizando al clero, mostrándolo las mas de las veces con los hábitos arremangados. Los panfletos pornográficos franceses ponían en entredicho a la clase dirigente, atacando la virilidad de Luis XVI y la supuesta promiscuidad de Maria Antonieta. Leídos en voz alta en la calle, ante una multitud, ayudaron a preparar al proletariado para la revolución de 1789. Un escritor francés que apoyó la Revolución (aunque denunció la brutalidad de los revolucionarios) fue el Marqués de Sade. Fue nombrado secretario de la Sección Revolucionaria de Les Piques en 1792, pero sería condenado mas tarde a la guillotina, y escapó de la muerte por muy poco. Su trabajo, escrito casi todo en la cárcel, ha tenido una profunda influencia en la pornografía contemporánea, aunque la filosofía que subyace en él ha sido ignorada en su mayor parte.
Una de las obras británicas mas famosas del siglo XVIII es Fanny Hill, o Memorias de Una Mujer de Placer, una sátira social escrita en 1749 por John Cleland. Fue su dimensión social la que llevó a la Corte Suprema de los EE.UU. a emitir un veredicto sobre el libro en 1966. La corte decidió que una obra solo se podía considerar pornográfica si carecía de un valor social que la disculpase.
La primera persecución en Inglaterra de una obra considerada “indecente” se produjo en 1727, pero no fue hasta 1857 cuando se promulgó el Acta De Publicaciones Obscenas (también conocida como Acta de Lord Campbell por el canciller que la introdujo). En Estados Unidos, la Ley Comstock de 1873 convirtió en delito enviar o recibir publicaciones “obscenas” o “lascivas” a través del servicio postal. Desde entonces, ha habido un considerable debate sobre qué se considera una “publicación obscena”. En 1857, el novelista francés Gustave Flaubert fue acusado de ofensa a la moral pública por su novela Madame Bovary. Sus abogados argumentaron que, lejos de animar el adulterio, el libro advertía de los peligros de las relaciones extra-maritales (la heroína acaba endeudada y se suicida cuando sus deudores amenazan con contárselo todo a su marido). Muchas otras obras de gran valor literario tuvieron dificultades debido a sus contenidos explícitos. El Ulises de James Joyce tuvo numerosos problemas antes de ser publicado, y en 1960, la editorial Penguin Books fue llevada a juicio por publicar la novela de D.H. Lawrence El Amante de Lady Chatterley. El juicio contra Penguin fue una importante prueba para la revisada Acta de Publicaciones Obscenas de 1959, que afirmaba que no se persegurían obras “de interés para la ciencia, la literatura, las artes o la enseñanza”. De acuerdo con estos criterios, el libro fue exonerado.
El debate sobre lo que constituye pornografía continúa junto al masivo incremento de representaciones visuales del sexo, en forma de fotografías, películas y vídeos. Las explícitas fotografías de sadomasoquismo homosexual de Robert Mapplethorpe son exhibidas como arte, pero vistas por muchos como pornografía. En 1995, el senador republicano por Carolina del Norte, Jesse Helms, destruyó una copia del catálogo de la muestra de Mapplethorpe en el Senado. En 1977, el Acta de Publicaciones Obscenas fue extendida para incluir la distribución de películas pornográficas. En la actualidad, existe gran preocupación sobre el control de Internet, que provee de medios rápidos, eficientes y anónimos para la distribución de material pornográfico.
Puesto que la pornografía es producida por lo general para una audiencia masculina, algunas feministas han argumentado que degrada a la mujer, pues la convierte en un mero objeto del deseo masculino. Es cierto que la sexualidad femenina es ignorada en gran medida (incluso las representaciones lésbicas están pensadas para excitar al varón), aunque un grabado japonés de Hokusai, El Sueño De La Mujer del Pescador (1820) muestra a un pulplo abrazado a una mujer en posición supina, e intenta capturar la experiencia femenina. Las feministas están preocupadas por la proliferación de imágenes pornográficas que puedan animar a la agresión sexual contra la mujer. Dos trabajos muy influyentes en este sentido, escritos en los 80, son Pornography: Men Possessing Women, de Andrea Dworkin, y Pornography And Silence, de Susan Griffin. Griffin afirma que la pornografía (en oposición a las imágenes eróticas) ofrece a los hombres control sobre el cuerpo de la mujer sin necesidad de intimidades, silenciando la imagen que se ofrece y negando la relación emocional. La pornografía, según ella “nos aleja de los sentimientos” (Griffin. 1981, p. 83).
Sin embargo, otras feministas, como Ann Ferguson, han afirmado que no hay relación directa entre la exposición a la pornografía y el aumento de la violencia contra la mujer: cualquier actividad consensuada que provoque placer es deseable. Y Susan Sontag, criticada por Griffin por no escribir nunca acerca de sus propias experiencias, defiende la pornografía literaria. En su ensayo La Imaginación Pornográfica, Sontag aboga por textos como La Historia del Ojo, de Georges Bataille, en términos de transgresión, no solo temática, sino también literaria y lingüística, en oposición al realismo dominante, tan afecto a los principios totalitarios. El exceso sexual, la fantasía, la transgresión y la obscenidad revelan los cimientos de nuestras energías vitales; de esta manera, la sexualidad puede explorar y trascender los límites del bien y del mal, del amor y la cordura.
Muchos debates sobre la pornografía se centran en la relación de ésta con el poder. Susan Sontag, en su ensayo, respondiía al Night Words de George Steiner. Steiner está persuadido de que la pornografía está unida de manera intrínseca al totalitarismo. Según él, ambos conceptos “crean relaciones de poder que deshumanizan al individuo, violan la privacidd y crean una mentalidad de campo de concentración”. Mientras que las relaciones de poder pueden sugerir totalitarismo, no hay duda de que la pornografía, como un elemento de mercado, es privativa de una economía capitalista. Como comenta Stephen Heath, “hay un capitalismo en lo sexual, y vivimos inmersos en él... Una industria de cientos de millones que distribuye sexualidad como si fuese mantequilla en todos sus productos”. Sea un medio de liberación o de represión, o simplemente un producto de mercado, la pornografía será motivo de controversia durante mucho, mucho tiempo.
Holden, Lynn
Encyclopedia of taboos
ISBN 1–85109–348–6
ABC-CLIO Ltd
(Traducción al castellano de F.J. Campos)